7 de junio de 2012

Matices

Otro suspiro. Tres acordes desdibujados que se difuminan en la fría y oscura noche de la capital. Un piano sonando a lo lejos. Cuatro lágrimas derramadas con prisa. Un abrazo. Una estación. El pitido de un tren que parte. Seguir corriendo. Mirar atrás. Una palabra acallada por un beso. Una noche que se persigue a sí misma sin sentido. Ruido. Barullo. Y luego...silencio. Esquinas. Sombras alargadas. Calles empedradas. El sonido de unos tacones entre caminar o correr. Brisa. Dos personas. Olor a recuerdos. Buscarse entre calles abandonadas cuando todos duermen. Demandar amor al silencio. Soledad. Esa letra. Canciones. De nuevo esos tres acordes. Seguirse buscando. Calles que dejan de ser calles y se convierten en refugio. Frío. Incertidumbre. Necesidad de abrazos. Madrid desgastado a las espaldas. Hojas que caen. Perros que ladran. Sentimientos que muerden. Un mechón de pelo que cae rebelde sobre la mejilla derecha de ella. Tacto. Distancia. Silencio. Inercia. El cordón derecho del zapato de él que se termina de desanudar. Seguir caminando solitariamente. Cabeza gacha. Miedo instalado en lo más recóndito del corazón.


Y en medio de la eternidad, chocar. Dos imanes que se atraen con una fuerza astronómicamente imparable. Un amanecer para encontrarse y perderse en compañía. Tres acordes con los cuales enamorarse. Cruce de miradas. Instante de encuentro. Lluvia sobre las mejillas. Primavera en la escalera y verano en la recámara. Ser otoño ligero e invierno de abrigo. Manos que se entrelazan. Un final feliz. Piezas que encajan. Sonrisas adormecidas que despiertan de nuevo. Dos almas. Un destino. Tres acordes de un piano desgastado. Madrid en el bolsillo. En busca y captura de una noche estrellada...  


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