21 de agosto de 2014

Mi manera ''irracional'' de quererte

Te quiero. ¡Vaya! Por fin lo he dicho. Hace un tiempo, antes de que tú llegaras a mi vida, pensaba que el amor era sólo un mito, una justificación que la gente utilizaba para hacer todas esas locuras que vemos a diario. Pensaba que querer significaba renunciar a una parte de nosotros mismos en pos de otra persona y, no, tú me has enseñado que no es así.

Querer es abrazar la naturaleza de la otra persona, toda ella, y crecer a su lado, apoyarse mutuamente, madurar juntos y emprender retos sabiendo que nunca más estarás solo. Querer es un compromiso; el compromiso de ser amigo, compañero y paño de lágrimas en el momento que se tercie. Y sé que dije que no estaba preparada para ello, pero puede que me equivocara. Tú me has hecho darme cuenta de cuánto lo estaba.

A veces, aunque tengamos miedo, necesitamos tirarnos desde un acantilado alto y escarpado sin saber si el resultado de nuestra caída será bueno o malo. Y esa incertidumbre, la de no saber si las cosas saldrán como siempre habíamos planeado, convierte el quererte en una de las aventuras más apasionantes en las que me he visto envuelta desde que tengo uso de razón.

Lo sé, sé que leerás estas palabras y pensarás que soy la persona más cursi del mundo y, por primera vez en todos estos meses, te daré la razón y sonreiré. Y, ¿sabes por qué? Porque estar enamorado es delicioso y duele, mucho cuando la persona a la que amas está tan lejos como lo estás tú, pero te hace feliz, te completa y te da un motivo para levantarte cada mañana y encarar las semanas complicadas en el trabajo.

Quererte. Querernos. Me hace mejor persona. Me convierte en una versión mejorada de mí misma. Me hace desear más, esforzarme más y pensar cada día en nuevas formas de sorprenderte. Y te contaré un secreto. Guardo en una cajita todos los abrazos que tengo ganas de darte, todos los besos que depositaré en tus labios en nuestro próximo reencuentro y todos esos ''te quieros'' que llenan mis días y me hacen anhelarte cada noche.

Es extraño como el tiempo ha pasado sin darnos apenas cuenta desde que te volví a encontrar después de aquel año en el que todo parecía incierto. Es extraño como desde el primer instante me hiciste querer volver a intentarlo y como yo luché con fuerza y garras para no volver a enamorarme de ti cuando en realidad nunca había dejado de estarlo. Creía que era feliz pero descubrí que contigo lo era más, que siempre cuidarías de mi sonrisa como yo lo haría de la tuya.

Supongo que esto es lo que te habría escrito o te habría grabado en vídeo ahora que se acerca la fecha en la que haríamos un año juntos. Un año, ¡dios!, suena tan fuerte...Te habría dicho, quizá, que eres lo más bonito que me ha pasado y me pasará en la vida, que no sé vivir sin ti y que paseo casi cada día por los lugares que compartimos en esta gran ciudad. La vida es algo maravilloso, ¿sabes?, mucho más desde que me enseñaste a valorar los pequeños detalles y creo que es por eso que extraño tanto el café de primera hora de la mañana contigo, y Toledo y tu risa.

Pero te quiero y, por mucho tiempo que pase, por muchas personas que conozca, eso no va a cambiar nunca. Te quiero como nunca querré a nadie. Te quiero como se debe querer a alguien para toda la vida y te lo digo, te lo escribo, porque no me da miedo mostrarme vulnerable, porque ya no me importa lo que la gente piense de nosotros. Me importas tú y sólo quería que no olvidaras que siempre serás el amor de mi vida.



19 de agosto de 2014

Una ciudad que lleva escrito tu nombre

Me habría gustado creer que finalmente las cosas serían justas. No del todo, pero puede que sí medianamente justas. Sin embargo la vida se ha propuesto mostrarme una y otra vez sus sinsabores y recordarme que cada cual tiene lo que se merece. Y es así como han transcurrido los últimos meses entre desdichas, idas y venidas y comeduras de tarro inútiles que lo único que realmente han originado han sido dolores de cabeza, la mayor parte de las veces, insoportables.

Mi vida, todo lo que había obtenido hasta ese momento, se diluía en el transcurrir de las horas muertas delante del ordenador. Escribir siempre había sido mi única vía de escape y, aunque me cueste reconocerlo, llegué a creer en cierto momento que ni siquiera servía para eso. 

Quería gritar. Repetir en voz alta y convencer al mundo de que existen personas que tienen más de lo que merecen y lo desaprovechan en las bocas de otras personas, en las noches furtivas de amor en bares de mala muerte. Y yo...dejándome la voz en el intento de encontrarte, en el caminar de calles oscuras, en el ruido sordo y contaminado de la capital. 

¡Mierda de vida!, pensé. 
Y sí, la vida era una mierda y muy puta la gran mayoría de las veces, pero ¿qué podía hacer yo? No sabía como ir en contra de las convencionalidades, yendo contracorriente en un mundo insulso, superficial y roído. Roído como mis huesos, como mis noches en silencio, como mis amaneceres entre lágrimas. 

Joder, ¡qué sencillo habría sido todo! 
Sólo tenías que quererme, no antes sino ahora, no como cuando éramos críos y jugábamos a tenerlo todo, no. Sólo tenías que haber comprendido que mi vida empezaba en tus labios y recorría perfectamente tu columna vertebral para acabar en aquel lugar prohibido del que muchas contaban maravillas. Ojalá hubiera sido como ellas, ojalá hubiera sacrificado mi orgullo por perderme entre los pliegues de tu piel cada luna llena. Ojalá hubiera sido valiente, decidida y un poco suicida para querer lo que me ofrecías sin pedir nada más. 

Pero no, sólo fui otra hoja rota en tu cuaderno, otro silencio desdibujado, otros labios que ya habías besado. Un página más, ¡qué va! quizá ni eso, en el apasionante cuaderno de tu vida en versos. Ella la musa y yo el sinsentido de tu vida, las ganas de huída, la fuerza de voluntad que nunca tuviste para comprender que los caminos sencillos no llevan a ninguna parte, que mi vida era tuya y que sin ti las rimas sonaban vacías, casi desangeladas, poco comprensibles y demasiado íntimas.

Y acabe, vagando entre las curvas perdidas de una ciudad sin nombre, sin vida, ni sueños, ni ganas. Sin nada. Nada más que ese recuerdo palpitante de tus manos sosteniendo mi espalda, de la complicidad que antaño existía. Un silencio hecho de llamadas que nunca se produjeron, de ilusiones que con el paso del tiempo se rompieron...

Es paradójico como la vida acaba devolviéndote justo al punto donde no desearías nunca regresar. Volver a aquella plaza, volver a aquel verano, volver y saber que, por mucho que la historia hubiese cambiado, yo nunca habría sido tu musa y tú siempre habrías sido mi poesía. 

12 de agosto de 2014

Barcelona huele a ti...

Este fin de semana, al pasear por las calles de esta maravillosa ciudad, he imaginado como habría sido todo con el tacto suave y tostado de tu piel sobre mi mano. Te he imaginado sintiéndote pequeño desde  el Tibidabo, paseando en una tarde de Invierno por la Barceloneta escuchando Red Hot, viendo amanecer en cualquier garito de la Via Olimpica con tu Long Island en mano. Y me he imaginado, contigo, riendo como la primera vez, soñando con los ojos abiertos, haciendo mil planes para acabar escuchando el mar abrazados.

He imaginado como me habría gustado que fuera, el estar contigo, la cara que habría puesto al oírte decir ''te quiero'' al anochecer sobre el puente levadizo camino al Maremagnum, una vuelta por Paseo de Gracia y Via Laietana en moto agarrada a tu cintura. Y esa imagen, la de dos personas enamoradas corriendo como locas por las calles de la Ciudad Condal, intercambiando besos y cosquillas y cosquillas y besos por todo el Barrio Gótico se me ha antojado lo más hermoso del mundo.

Barcelona sabe a ti. Sabe a vino espumoso en la Champagneria y al mejor de los cocktails en una discoteca cualquiera. Barcelona sabe a ese champagne con el que nunca brindaremos, a ese helado con el que nunca jugaré a mancharte la nariz y a recuerdos, supongo.

Jamás antes habría pensado que una sola ciudad pudiera despertar en mí semejante nostalgia. Nostalgia de ti, de tus besos, de tus manías que me sacaban de quicio, te tus ''te quiero'' sin venir a cuento y de los amaneceres que un día fueron el mejor refugio para nuestros abrazos.

Y es que, para mí, Barcelona eres . Barcelona es tu cabello corto y oscuro, tus ojos color avellana brillantes y preciosos. Barcelona es tu sonrisa dormida, tu tacto suave y tus cosquillas infinitas. Barcelona es un ''quiero que este momento dure eternamente'', tuyo, dicho a media voz al oído y tu personalidad inquieta, tus ganas de vivir y de comerte el mundo. Barcelona es despertarse a tu lado sin saber qué esperar pero sabiendo a ciencia cierta que hagas lo que hagas acabarás sonriendo.

Sí, Barcelona me recuerda a ti. Y, aunque es cierto que ese recuerdo se torna melancólico y doloroso, la belleza de imaginarlo convierte cada instante no vivido en el mejor de todos los que ya no compartiremos. 




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